Antes del color: lavar, desengrasar y conocer la fibra
Casi todos los fallos que aparecen al final —manchas con borde duro, zonas que rechazan el tinte, reservas que se filtran— empiezan en una tela mal preparada. Las telas nuevas llegan con apresto, con restos de aceite de las máquinas y a veces con suavizantes que impermeabilizan ligeramente la superficie. Sobre esa película, el color no penetra: se queda encima y se reparte de forma irregular.
El lavado previo es sencillo y no admite atajos. Agua templada, un jabón neutro sin perfume ni suavizante, y un aclarado largo hasta que el agua salga completamente limpia. Para la seda basta con agua a unos 30 °C y un movimiento suave, sin frotar ni retorcer; el algodón y el lino admiten agua más caliente y son los que más encogen, así que conviene lavarlos antes de cortar la pieza definitiva.
La fibra decide el resto del proceso. La seda absorbe el tinte con una viveza difícil de igualar y deja que el color se desplace con libertad. El algodón y el lino, más opacos, dan tonos algo más apagados pero aguantan mejor la cera caliente y el manejo repetido. Las mezclas con poliéster son el caso más frecuente de decepción: la parte sintética no fija los tintes pensados para fibra natural y el resultado se lava en la primera limpieza.
Comprobaciones rápidas antes de empezar
- Gota de agua sobre la tela seca: si se queda formando una perla y tarda en entrar, todavía hay apresto o grasa.
- Prueba de tinte en un recorte de la misma pieza, con el mismo tinte y la misma dilución.
- Plancha suave sobre la tela seca: elimina arrugas que después impiden un tensado uniforme.
- Margen de tela sobrante en los cuatro lados para las grapas o los ganchos del bastidor.
- Manos limpias y sin crema; la grasa de los dedos deja marcas que solo se ven cuando llega el color.